Por: Amalia Domingo Soler
Según dice el diccionario, "Fanatismo significa cierto grado de exaltación religiosa, que arrastra a cometer punibles excesos en virtud de un mal entendido celo. Llámase también así la exaltación en las opiniones políticas; por extensión, pasión extremada, especie de manía por un objeto físico o moral."
Por las definiciones anteriores, hay que convencerse que el fanatismo es sumamente perjudicial aplicado a todas las pasiones de la vida; mejor dicho, en todos los ideales, puesto que en un justo medio reside la virtud.
Las mujeres, por regla general son fanáticas; para ellas, el justo medio no existe, porque la exageración domina en todos sus actos; efecto quizás de su natural sentimentalismo, o del desequilibrio que hay en su manera de ser; las mujeres o quieren con delirio o aborrecen con crueldad. Se ha dicho y con sobrada razón, que cuando la mujer pierde la vergüenza, va mucho más lejos que el hombre en sus alardes de envilecimiento y de abyección; y a las que les da por comerse los santos por los pies (como se dice vulgarmente), no salen de las iglesias, y abandonan su casa y olvidan sus deberes para con su familia, por no perder ninguna función religiosa, sea en la iglesia que sea, católica o protestante.
Hablo por experiencia propia, pues recuerdo perfectamente, que antes de estudiar Espiritismo, busqué en la Iglesia de Lutero un consuelo para mi alma afligida, y era tan elocuente el Pastor que regenteaba la Capilla a que yo acudía, que no perdía ni un solo culto; ya podía llover a mares, o nevar en abundancia, o arreciar el vendaval, yo los domingos iba dos veces a la Capilla, por la mañana y por la noche.
Recuerdo perfectamente que tuve que ausentarme de Madrid una temporada, y ni aun viajando y contemplando lo que nunca había visto, nada me satisfacía ni me indemnizaba de las horas de éxtasis que yo pasaba escuchando al Pastor protestante: el asistir al culto, era para mí una necesidad imperiosa, superior a todos los deberes.
Recuerdo que una noche debía yo asistir a una parienta mía que estaba enferma, y aunque ella tenía quien le asistiera, me había pedido que aquella noche no me separase de ella; yo escuché su ruego, pero al al llegar la hora de ir al culto, mi inquietud y mi ansiedad fueron tan en aumento, que dejé a la enferma encargada a una amiga mía y me fui a la capilla a escuchar la plática, y aquella noche (memorable en mi vida) no encontré al Pastor ta elocuente, y era que mi razón, llamando a mi conciencia le decía que entre un enfermo y un discurso religioso, no debe ser dudosa la elección: el enfermo debe ser el preferido.
Y aquella noche al salir de la capilla dije entre mí: Religión que no despierta el sentimiento de caridad, no es verdadera religión; yo soy una fanática como lo son muchas mujeres, y el fanatismo religioso ni eleva ni engrandece el sentimiento; yo quiero engrandecerme, yo quiero amar a la humanidad; y desde aquella noche, seguí escuchando al Pastor protestante, "protestando" mi razón de los argumentos que empleaba; al dejar de ser fanática, la venda que cubría mi entendimiento se rasgó en mil pedazos; fui avanzando en mis estudios, en mis observaciones, y concluí por adquirir el íntimo convencimiento, que el fanatismo religioso es el peor de todos los fanatismos, porque seca la fuente del sentimiento; el que cree en la virtualidad de los Santos, de las vírgenes y de los cristos, no compadecerá la desnudez del huérfano, ni la del anciano indigente; pero en cambio, vestirá con ricas telas, y adornará con valiosas joyas las imágenes de sus ídolos predilectos; y el creyente de la Iglesia de Lutero, gastará una fortuna en comprar biblias para repartirlas gratuitamente, y tal vez escuche indiferente la súplica de un pequeñuelo que le pida un pedazo de pan para su pobre madre postrada en el lecho del dolor.
Mucho se puede escribir sobre el fanatismo religioso, y mucho quiero decir en mis artículos sucesivos sobre esa plaga que desde época muy remota pesa sobre la humanidad.
Amalia Domingo Soler.
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sábado, 6 de julio de 2013
lunes, 1 de julio de 2013
KARDEC Y "EL LIBRO DE LOS ESPIRITUS" (UNA VALORACIÓN)
Cuando
en 1854, Hipólito León Denizard Rivail (Kardec) toma contacto con
el fenómeno llamado "mesas parlantes", se produce el
encuentro entre una ciencia –que no sabía aún que lo era– y un
hombre honesto, conocedor del método científico de investigación,
con una sólida trayectoria en la docencia y un reconocido prestigio
como pedagogo. Es Kardec quien evita que la futura Doctrina Espirita
siga siendo un simple entretenimiento de salón, para llegar a ser un
Conocimiento Científico de bases universales.
Para
ello crea un método de trabajo que permite usar la mediumnidad para
estudiar el mundo espiritual, las Leyes que lo rigen y rigen la
evolución, y los mecanismos que se ponen en funcionamiento para
establecer el contacto inteligente entre ambos universos, e impulsar
conscientemente el progreso del espíritu.
Así,
fruto de sus profundos y metódicos estudios y análisis, y de ser
capaz de descubrir las causas detrás de los hechos, aparece el 18 de
abril de 1857 por primera vez, "El libro de los Espíritus"
estructurado en base a una lista minuciosamente elaborada de
preguntas que Kardec formulara a los espíritus, a través de
diferentes médiums.
“El
Libro de los Espíritus" contiene sin lugar a dudas, los
fundamentos del Espiritismo, (etimológicamente, espiritismo
significa: sistema para el estudio del espíritu), pues todo lo que
se escribió y se investigó luego sobre el tema, tiene como punto de
partida esta obra eminentemente evolucionista.
Kardec
lo define así: El Espiritismo es la ciencia que trata la
naturaleza, origen y destino de los espíritus y sus relaciones con
el mundo corporal. Y le dio carácter científico, porque en general
una ciencia tiene un campo de investigación específico, propio,
métodos de estudio, y experiencias a analizar que deben poder
repetirse. El campo de estudio es el espíritu encarnado y
desencarnado; la metodología: el uso controlado de la mediumnidad;
la experiencia repetible: la comunicación con el mundo espiritual.
Además
decía: “Al espírita se lo conocerá por su transformación
moral", transformación que hace al conocimiento de sí mismo,
base y objetivo de una Doctrina, que brinda al ser los elementos
necesarios para reconocerse fehacientemente espíritu inmortal,
trascendente y responsable de sus sentimientos, pensamientos y
acciones.
Kardec
trabajó con método, seriedad, con constancia, sin más brújula que
su juicio crítico y fino sentido analítico, todo lo cual le
posibilitó confeccionar un libro sólido en cuanto a conceptos y
profundo en cuanto a contenidos, sin dejarse atrapar por engaños,
falsos prejuicios, adulaciones o vanidades personales, haciéndolo
accesible a todo ser que anhele la evolución.
Un
espíritu superior manifiesta: El conocimiento espírita está
basado en la comunicación mediúmnica con los seres desencarnados.
Ésta es la mayor revelación en la vida del hombre, su mayor
esperanza y su mayor consuelo. Ello sintetiza la vida inmortal y la
indestructibilidad espiritual.
Y
por ser El Libro de los Espíritus la piedra fundamental donde se
asienta la Filosofía, la Ciencia y la Moral Espirita, quisiéramos
hacer a 151 años de su aparición, algunas consideraciones.
Son
consideraciones, no una crítica a su contenido que es valiosísimo,
sino fundamentalmente una valoración retrospectiva, de una obra
literaria que contiene un saber inédito en cuanto a contendido
temático, organizado sobre un mundo inexplorado: el mundo del
espíritu.
Valoración
que inevitablemente debe incluir una visión más acorde a la
mentalidad del hombre del siglo XXI, una actualización de ciertos
conceptos y/o términos, a la luz del mayor conocimiento que sobre
Espiritismo y ciencia tenemos hoy día, propiciando una lectura que
no se apegue a la letra, sino que capte, que interprete la idea, el
conocimiento que en él se plasmó, que es lo verdaderamente
trascendente, profundo y muchas veces revelador del mismo.
Estas
consideraciones serán en base a dos variables: una, el contexto
histórico en el que vivió Kardec, la época en que fue escrito el
libro y otra, el empleo de la mediumnidad.
Con
respecto al contexto histórico, nos estaríamos refiriendo tanto a
las limitaciones de su propio saber, a la ausencia aun de los
conocimientos que disfrutamos hoy día,como al ambiente
socio-cultural imperante y al incipiente desarrollo de una doctrina,
cuyas bases se estaban aún elaborando.
Es
decir, Kardec sólo podía interrogar acerca de los conocimientos que
él en ese momento evolutivo poseía,con las palabras propias de la
época y del médium con que trabajaba. Era un investigador, pero con
las limitaciones del momento histórico que le tocó vivir, como le
ocurre a todos los seres humanos.
Aun
así fue quien abrió el camino, que es lo más difícil, impulsando
el estudio científico de la mediumnidad por muchas mentes lúcidas
de su tiempo, promoviendo una intensa etapa de investigación como no
se recuerda en la historia de la humanidad.
Al
revisar esta obra, a modo de ejemplo, encuentro que la palabra
castigo se repite numerosas veces. Actualmente considero que no es la
más adecuada, Al revisar esta obra, a modo de ejemplo, encuentro que
la palabra castigo se repite numerosas veces. Actualmente considero
que no es la más adecuada, porque se contradice con la misericordia
y el amor de Dios y sus Leyes, que propician el progreso de los
espíritus, no el castigo de sus acciones.
Ni
Dios ni sus Leyes castigan, sino que a través de las vidas
sucesivas, brindan tiempo y oportunidades a todos los seres, para que
aprendan a desarrollarse, por lo que podríamos reemplazar este
término por aprendizaje existencial o pruebas a atravesar, sin que
cambie el sentido del texto.
Notamos
también en algunas respuestas, ciertos rasgos de religiosidad. Pero
entiendo que son influencias culturales de la época, que ni Kardec,
ni los médiums, ni siquiera los espíritus comunicantes, pudieron
soslayar. Por eso nos encontramos con firmas como la de San Luis,
San Agustín, Pablo Apóstol y otras.
No
cuestiono el texto mediúmnico, sino que pienso que esos espíritus
también han evolucionado, y no deberían firmar en la presente obra
como santos, pues esa designación le corresponde a la religión
católica, y nosotros no compartimos esa jerarquía eclesiástica.
Por
otra parte, es sabido que no hace falta una firma identificatoria
para valorar un mensaje, si éste encierra una verdad analizada con
juicio criterioso.
Ésta
es una dificultad que tenemos muchos seres humanos. A veces nos
apegamos a los nombres y nos parece que es más importante si firma
por ejemplo “San Pablo” que si firma “Espíritu de Luz”.
Quizá
nos falte amplitud para la evaluación de los mensajes espirituales
desde una óptica más objetiva y racional, y apreciar el texto, sin
quedar anclados en el nombre, porque así “congelamos” o fijamos
en una sola existencia la imagen que tenemos del espíritu que se
comunica, y olvidamos que es un ser en evolución que pasó por
diversas encarnaciones para llegar a ese nivel evolutivo y sobre
todo, que su proceso de progreso continúa.
Con
respecto a la mediumnidad, es un fenómeno que existió en toda la
historia de la humanidad. Pero fue Kardec quien creó y organizó un
método de investigación para su uso inteligente, con las
restricciones propias de un conocimiento que se estaba gestando, pero
serio, ordenado y sistemático.
No
podemos dejar de reconocer, que los espíritus pueden dar información
acorde al grado de desarrollo de la mediumnidad por la que se
comunican, y que no pueden en la mayoría de los casos, utilizar
palabras o expresiones que le son ajenas al médium. Debe haber un
mínimo de coherencia entre el espíritu comunicante, el médium y el
conocimiento que se está brindando para favorecer la fidelidad del
mismo.
Es
innegable el peso que tiene en una manifestación, la personalidad,
la condición cultural, los preconceptos y/o prejuicios de los
médiumns, ya que favorecen o limitan –aun actualmente– la
recepción de conocimientos. Por ello, creo que uno de los mayores
obstáculos que tuvo que salvar Kardec, fue justamente el uso de los
médiums, su manejo y empleo, pues sabemos cómo esto influye, en la
mayor o menor fluidez y fidelidad de las respuestas, así como en
la calidad de los espíritus comunicantes.
Por
eso, en muchas de las respuestas dadas por los espíritus a Kardec,
sin dejar de reconocer la parte de certeza que tienen, lo que hoy
llamamos información monitora, deberíamos hacer una lectura más
profunda y universal
.
Veamos
un ejemplo: En la pág. 77 (tema Dios) Pta. 9 ¿En qué se conoce, en
la causa primera, una inteligencia suprema, superior a todas las
demás?
Rta:
Tenéis un proverbio que expresa: "Por la obra se conoce a su
autor...” El orgullo es el que engendra la incredulidad... ¡Pobre
ser a quien puede abatir un soplo de Diosl.
Esta
expresión ¡Pobre ser a quien puede abatir un soplo de Dios!, no
concuerda con la primera parte de la respuesta, ni con el lenguaje de
un espíritu elevado, porque sabemos que los espíritus somos
inmortales por más tendencias erróneas o conductas equivocadas que
ejerzamos. ¿Un giro mediúmnico fervoroso, una interferencia deseosa
de ratificar la superioridad de Dios?... Lo valioso es la primera
parte del mensaje.
Esto
por mencionar sólo algunos ejemplos. Otros, los podrá ir
descubriendo el ojo analítico del lector.
Deberíamos
recordar además, que las traducciones tienen sus errores y hay citas
que no siempre respetan el espíritu con que han sido escritas
originalmente.
Pero
en la amplia mayoría de los temas, pudo superar y de hecho superó
sus propias limitaciones y las de la época. Un ejemplo lo tenemos en
la primera pregunta del libro: Qué es Dios, despersonalizando por
completo al Creador, cuando tanto en América como en
Europa, las religiones nos decían quien era Dios. Este ejemplo de
abstracción profundo nos pone de manifiesto lo trascendente de su
obra.
Me
pregunto: ¿Pierde su valor este libro por las consideraciones que
hemos hecho? NO. Su contenido,sus conceptos,sus enseñanzas, están
incólumes y muchas son aún, de avanzada. Nos toca a esta generación
ser capaces de continuar la obra con la misma constancia, método y
rigor científico con que lo hizo Kardec.
Es
más, podríamos decir que la Doctrina Espirita con “El Libro de
los Espíritus" a la vanguardia, representa un Paradigma
Filosófico, Científico y Moral para enfocar la vida y la
evolución desde una postura pluralista, evolutiva, generosa y
consciente.
María Alicia Vercesi de Dubrich
Publicado en IDEALISMO (2008) en el 80 Aniversario
de la Sociedad Espiritismo Verdadero.
sábado, 10 de marzo de 2012
MÉTODO CIENTÍFICO DE INVESTIGACIÓN
Para que la observación o estudio de cualquier cuestión sea exacta, verdadera y lógica, el sujeto observador debe desposeerse por completo de toda anterior creencia, de toda idea preconcebida, y marchar en línea recta por el camino que las inducciones analíticas y las deducciones sintéticas le marquen en su investigación. Porque la verdad no admite condiciones ni se somete a caprichos, y quien la busca debe prepararse de antemano a aceptarla tal y como se presente, con todo su cortejo de legítimas y naturales consecuencias.
Una vez revestido el filósofo o amigo del saber del carácter de una absoluta e inalterable impar-cialidad, y saturado del sereno valor que requieren los peligros que presentársele pudieran en la trascendental exploración que va a emprender, peligros que, aunque graves, solo pueden consistir en verse precisado a arrancar del corazón el sentimiento de creencias, si bien viciosas y nocivas, secularmente arraigadas y que la mente acarició formando la costumbre el modo de su ser, está en la obligación de marcarse seguro itinerario que le conduzca más derecha y prontamente al fin que se propuso investigar y conocer.
Dicho itinerario, no es otra cosa que el método adoptado para el estudio.
Sabido es, que el conocimiento de la realidad empírica conduce, por inducción, al conocimiento de la naturaleza de los principios; y el conocimiento de estos llevan en línea recta, por igual procedimiento, al principio matriz, único, absoluto, principio de todos los principios. Mas el método puro del análisis presenta un grave obstáculo, y aún más que grave, insuperable. Porque, ¿le es acaso dado al hombre conocer el inferior principio de las cosas, ni aun las transiciones de enlace en su inmediato orden superior? – No; y eso depende de que el principio que hemos calificado de inferior es el mismo principio superior, el principio matriz, único, absoluto, principio de todos los principios; o lo que es igual, el fin de todas nuestras investigaciones: y siendo uno el principio y el fin de las cosas que nos proponemos conocer, conviene adoptar otro procedimiento de investigación que se adapte más a nuestros naturales elementos de estudio y comprensión.
Siendo el hombre un verdadero centro entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, tanto en conocimiento como en relativa perfección, y encontrando en sí mismo la primera evidencia de realidad, su conocimiento propio debe ser su punto de partida para toda investigación tanto superior cuanto inferior, sin perjuicio de relacionarla luego a un todo solidario y sintético, o dividirla en series y hasta en individualidades características.
Es decir que, el verdadero método analítico posible para el hombre, de adoptar en su estudio científico, es hasta cierto punto impropio de tal nombre, puesto que parte del sintetismo de su ser dual, por un lado, y del sintetismo de sus perfecciones, centro entre su punto de partida eterno y su infinito fin. Pero como la armonía racional de todo estudio, empírico e intelectual consiste en partir de un conocimiento absoluto, de una certeza inalterable y permanentemente indestructible, de aquí que, para distinguir el procedimiento investigatorio que parte del empirismo, del que principia en la abstracción se haya denominado aquel, procedimiento o método analítico.
El método hipotético o de construcción, es bello y valiente; pero como establece verdades a priori y sin confirmación, conviene, cuando de metafísica se trata, iniciar como principio investigatorio, un análisis experimental que ante todo conduzca a la certeza y legitimidad de las ulteriores deducciones, fundamento y base de toda construcción.
Estas consideraciones no quieren decir, sin embargo, que el método sintético deje de ser conveniente y fructuoso, siempre que tratándose de una investigación universal, el principio de los principios es la fuente y la raíz de toda especulación posterior y empírica. Y además, por cuanto el análisis rigoroso del empirismo es imposible realizarlo sin aventurar anticipaciones reflexivas basadas en conocimientos adquiridos por el procedimiento a priori. Pero se hace conveniente y necesario, en primer término, cuando la verdad se busca, conocer al menos la posibilidad de adquirirla por la certeza de los medios con que para verificarlo el hombre cuenta: después, el valor de los conocimientos adquiridos y de las ideas despertadas, prestarán incontestable autoridad para proceder a la construcción de invulnerables síntesis, de las que deductivamente pueda descenderse, tanto a certificar lo establecido, cuanto a resolver principios, consecuencias y detalles, del sistema a que se aplique la investigación.
El método analítico, es decir, la investigación de las causas por el conocimiento de los efectos, parece que se adapta más a nuestra naturaleza, que el procedimiento sintético, o sea la investiga-ción de los efectos por el conocimiento de las causas. Pero esa naturalidad, debida a que la mayoría de los hombres somos aun más seres afectivos que razonables, cesa desde el momento en que sabemos que las primordiales causas a que pretendemos elevarnos, no pueden afectar nuestra sensible experiencia, por cuanto pertenecen a la mas pura razón. Así pues, el más seguro procedimiento investigatorio en los seres que hayan llegado a cierto grado de desarrollo intelectual, es el sintético para sentar los fundamentos de raciocinio; y el analítico para inquirir la naturaleza de las cosas que pertenecen al orden de nuestro inmediato dominio por la experiencia sensible, en las ideas que sus afecciones hayan despertado en el espíritu.
Este método mixto posee además la incalculable ventaja de asegurarnos del acierto de los principios admitidos por la precisa concordancia de los fines que se investigan, y la de darnos mayor seguridad de la verdad dilucidada de los fines, por conducirnos directamente a la inmediata procedencia de los principios sentados. No queda reducida a lo dicho la conveniencia de semejante método, sino que hasta puede revelarnos el error en que inadvertidamente pudiéramos incurrir sobre cualquiera de las secciones investigadas, no acusando la exacta concordancia que en su necesaria solidaridad ha de constituir el todo en razonable y lógico sistema.
Una vez indicadas las circunstancias que deben caracterizar al investigador científico, y el procedimiento más racional y seguro que al efecto debe adoptar, solo nos resta un punto que exponer, y es el fundamento conveniente de que para sus estudios debe partir.
Un hecho de conciencia pura, una absoluta evidencia, debe constituir el principio, la base, el fundamento de toda investigación científica, anteriormente histórica, y posteriormente inductiva.
Y como no existe hecho más positivo, ni axiomático para el hombre que el conocimiento de su personalidad, de su individualidad, de su Yo, de este conocimiento dilucidado en sí mismo, deben brotar los elementos todos para la investigación de la verdad.
Convencido el hombre de que conoce, de que puede conocer, y sabiendo el procedimiento que está a su alcance para conseguir conocer lo que desea, hará llegar a sí mismo las influencias subjetivas sin salirse de su ser, para que el delicado escalpelo de su razón las anatomatice, y su análisis le preste su conocimiento, más o menos extenso, según la finura del instrumento perceptivo con que cuente, y la perfección del prisma examinador que lo maneja.
Un pequeño preámbulo. Planteemos una tesis para demostrarla.
Esta será: El Espiritismo no es UNA filosofía, sino LA FILOSOFIA.
La demostración de la enunciada tesis requiere gran prudencia, no lo ignoramos; pero para verificarlo hay que ajustarse a una medida dada, que es lo más difícil. Si se tratara de escribir una obra filosófica sobre Espiritismo, habría el extenso campo de los tomos en donde sin temor alguno podrían multiplicarse las aclaraciones de los conceptos vertidos; mas cuando se trata de una exposición sucinta de la filosofía, hay que reducir a tan estrechos límites una tan grande obra, que el espíritu se asfixia al comprenderlo. Pero siendo indispensable realizarlo en dicha forma, habremos de concretarnos al terreno que las circunstancias nos ofrecen aun cuando las ideas se opriman unas contra otras sin poder ninguna presentarse en su propia grandeza y desarrollo, y aun cuando la luz de la verdad no irradie a su potente alcance por encerrarla en tan mezquino círculo.
Ya hemos manifestado en el artículo anterior que, el único procedimiento para la investigación de la verdad científica, consiste en unir en íntimo consorcio a la experiencia sensible y la razón, exclusivos medios que al hombre le han sido concedidos para buscar la relativa realidad de Dios.
Porque la ley de las mayorías, es absurda.
Porque el imperio de la fuerza, es salvaje.
Porque la imposición del sentimiento, es insensata.
Porque la aceptación por conveniencia, es imposible.
Porque la prueba del testimonio histórico o contemporáneo, es insuficiente.
Pues bien; meditada con detenimiento la forma expositiva conveniente como fundamento analítico de este filosófico trabajo, y recordando el adoptado por varios sistemas, nos ha parecido mas metódico y completo el usado en el krausismo por nuestro malogrado y eminente filósofo Sanz del Río y aunque sólo en microscópico bosquejo, tanto por extensión cuanto por forma y fondo, lo tomamos por norma y por modelo.
Mucho sentimos que la necesidad nos fuerce a no escribir sobre el asunto con la vulgarísima claridad que hace los conceptos comprensibles al primer golpe de vista; pero la índole científica que naturalmente entraña, no nos permite verificarlo según nuestro deseo. Sin embargo, pondremos todo nuestro cuidado y voluntad en exponer lo mas sencilla y claramente que podamos.
Demos, pues, principio a nuestra tarea, con una primera parte que propiamente podremos denominarle análisis.»
(Manuel González Soriano, El espiritismo es la filosofía, Imprenta de Juan Torrents, San Martín de Provensals 1881, páginas 7-20.)
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