sábado, 13 de julio de 2013

DOCTRINA KARDECISTA

   Modelo Conceptual (Reescribiendo el modelo espírita)-Jaci Regis
   1º edición - Marzo 2008 - Traducción: Jon Aizpurua

     Explicación

     El presente trabajo contiene la presentación de un modelo conceptual, desarrollado a partir de un análisis crítico y la relectura de la obra de Allan Kardec.
     Ciento cincuenta anos después del lanzamiento de “El Libro de los Espíritus”, las ideas básicas en él presentadas continúan siendo válidas. Entre tanto, dos factores evidencian la necesidad de tal relectura: uno, el carácter evolutivo del Espiritismo, que permite analizar los progresos conquistados por la sociedad humana en ese período e incorporarlos de manera equilibrada, y dos, la tendencia a transformarlo en una religión, con el riesgo que ello involucra en cuanto a desfigurar sus conceptos
revolucionarios.
     Solamente el pensamiento religioso puede afirmar que nada requiere ser cambiado o actualizado.
     Existe un hecho innegable, el cual ha producido una división tal vez irremediable entre los adeptos. Por una parte, están aquellos que practican el Espiritismo como una religión, los cuales constituyen la gran mayoría, y por la otra, se encuentran aquellos que lo entienden como una reflexión positiva, dinámica, pero desvinculada de los cultos o rituales que componennecesariamente el pensamiento religioso.
Parece que el foco de discordia en ese proceso divisorio, es el papel de Jesús de Nazaret. Si es aceptado como el Cristo presentado por la Iglesia, conduce al dogmatismo y la idolatría y
liga el Espiritismo a los cultos cristianos; si es considerado a la luz del proceso evolutivo, se convierte en el Maestro, en el hombre superior investido de una misión especial.
     Nuestro propósito es presentar un elenco de ideas en un lenguaje desvinculado del cristianismo, vale decir de las iglesias cristianas. La Doctrina Kardecista quiere marchar abierta a lo nuevo, sin perder
las raíces del pensamiento de Allan Kardec.
                                                                          Jaci Régis


       PARTE I — CONSIDERACIONES PREVIAS

     Capítulo I  – Modelos Conceptuales

     1. Considereaciones generales


     El conjunto de ideas, concepciones, creencias, normas e directrices morales, establecen un modelo que, aceptado o impuesto, construye una consciencia, un modelo por el cual las personas y las colectividades
se guían y actúan.
     Hay el modelo cristiano, constituido por los fundamentos del cristianismo, establecido por la Iglesia Católica, el cual se tornó la directriz, la consciencia moral de la sociedad occidental. Igual hay modelos de todas las creencias religiosas en todas partes de la Tierra.
     Hay el modelo materialista que desarrolla la filosofía existencial y reduce el ser humano al cuerpo y no tiene pretensión alguna de explicar las razones de la vida.
     El Espiritismo también constituye un modelo que posee su visión del hombre y del mundo. Sin embargo, debido a las influencias de las ideas cristianas, en la práctica, ese modelo se deformó y perdió el eje de su originalidad. El movimiento espírita brasileiro que asumió la responsabilidad de mantener el legado de Kardec sucumbió a la presión de la cultura y las ideas católicas, debido à adhesión de personas estructuralmente ligadas a los cultos cristianos.
     Dos factores contribuyeron para eso: la absorción total del sentido y del lenguaje del evangelio cristiano sin la liberación del aparato místico y la pretensión de Allan Kardec de considerar al Espiritismo como la tercera revelación de la Ley de Dios, dentro de la cultura cristiana.
     Incapaz de crear un lenguaje propio frente a la presión milenaria delas tesis cristianas, el modelo espírita recibió desde en consecuencia y a lo largo del tiempo, una importante influencia de los conceptos católicos. Al ser transformada en una religión cristiana, la doctrina sucumbió en gran medida a la presión del catolicismo, perdiendo la originalidad que debería convertirlo en una opción para la humanidad. Aunque, en verdad, elaborado dentro de la cultura cristiana, el modelo espírita niega el
modelo cristiano.
     Ese camino, sin embargo, no fue de ninguna manera postulado por Kardec. Él pretendió que el Espiritismo fuese al mismo tiempo, científico, o sea, que tuviese un pensamiento crítico, no dogmático, mantenido dinámicamente actualizado y que desenvolviese un sentido humanista.
     Con esta propuesta, la Doctrina Kardecista intenta la recuperación de la identidad de la obra de Allan Kardec. La reflexión sobre los fundamentos del Espiritismo exige el ejercicio de la crítica y de la responsabilidad. Por no ser estáticos, la revisión del lenguaje y la actualización de los conceptos se hace indispensable de manera que se cumpla lo que él propuso:
     “El principio progresivo que inscribió en su código será la salvaguarda de su perpetuidad, y su unidad será mantenida precisamente porque ella no reposa sobre el principio da inmovilidad” (“Obras Póstumas” – De los cismas).

     2. El modelo cristiano

     En la revelación cristiana es filosóficamente fundamental, básico, el concepto de una caída original del hombre en el comienzo de su historia, y también el concepto de un Mesías, un reparador, un redentor. Son conceptos indispensables para explicar el problema del mal, racionalmente preeminente y racionalmente insoluble. La solución integral del problema del mal vendría únicamente del misterio de la redención por la cruz, necesario complemento del misterio del pecado original.
     El trecho anterior, transcrito del tecto católico, indica la naturaleza del modelo que la Iglesia Católica creó y que a lo largo del tiempo consolidó toda una cultura sobre Dios, la vida y la muerte, la naturaleza y el destino de las criaturas humanas en la sociedad occidental.
     Ese modelo creó una visión del universo, de la naturaleza de las cosas, y de la vida humana, que se estereotipó como el primado de la verdad revelada.
     Las colectividades y las personas pasaron a girar en torno de esa visión, y cuando son confrontadas por los problemas esenciales de la vida, reaccionan espontáneamente dentro de esos principios
cristalizados.
     No obstante el desgaste que ha sufrido, y el hecho de que se han presentado nuevas ideas y que los fundamentos del modelo han sufrido cuestionamientos de peso, él p rmanece como un residuo cultural y
mental. Por eso, establecidos los parámetros, la Iglesia siempre fue contraria al progreso, persiguió a los que contrariaron sus postulados, incluyendo científicos, filósofos y pensadores.
     La verdad monolítica se mantuvo por siglos y continúa siendo la expresión de la verdad para millones. Eso, a pesar del surgimiento de nuevas ideas, el avance de las investigaciones y la insustentabilidad de las ideas perpetuadas. Las creencias religiosas ignoran el progreso y
continúan actuando y pensando de la forma antigua.
     La estructura del modelo cristiano parte de dos vertientes: la acción divina sobre los seres humanos y la idea fundamental del pecado. Esas vertientes acaban por envolver a cada persona, en la medida en que ella se torna frágil por el dolor, por el sufrimiento o por la angustia respecto de su porvenir, dentro de los límites rígidos de la vida entre la cuna y la tumba. Todos son pecadores, Deus está lleno de amor, pero también de venganza, indica el modelo.
     Aunque a lo largo de la historia las filosofías materialistas e nihilistas siempre negaron el modelo cristiano, la principal oposición actual a ese modelo viene de la ciencia, aunque su interés en desmontar las afirmaciones de la Iglesia, principalmente en lo que atañe a las cuestiones relacionadas con la naturaleza del ser humano y su comportamiento, se basa en una visión completamente organicista.
     El pecado original sobrevive en la filosofía cristiana. Jehová, el dios judío avanza en el fondo de la idea de un dios de amor y misericordia. Frente al futuro después de la muerte, la Iglesia mantiene el mismo pensamiento acerca del cielo y el infierno, la naturaleza mala de la persona y la necesidad de salvación y redención, así como de un Salvador.
     Súmese a eso el alcance de la geopolítica mundial, la influencia de las religiones orientales y del Islamismo y veremos que todos los modelos religiosos, con sus aspectos específicos, son incapaces de dar una dirección, de ayudar a crear una forma de respeto recíproco y de fraternidad básica entre las personas.

     Capítulo II - De lo sensorial a lo energético  
     
    1. Un lsrgo camino recorrido

     La sabiduría, la verdad y el análisis de los factores de la naturaleza fueron, durante siglos, puramente sensoriales.
     Sensorialmente, la Tierra está parada y es el Sol el que parece circular en torno de ella. Esa sensación produjo la “revelación divina” defendida por la Iglesia de que había un cielo arriba y un infierno abajo. Y, en consecuencia, se pudo imaginar a Dios como una persona sentada en su trono.
     Todo, durante siglos, fue concebido y vivido plácidamente, bajo ese horizonte limitado de los sentidos, pero entonces era satisfactorio.
     El desarrollo de los instrumentos cambió el escenario.
     El telescopio de Galileo Galilei mostró a la Tierra moviéndose y ese simple descubrimiento, precipitó la investigación, la curiosidad y el saber humanos. De ahí en adelante, lo sensorial fue paulatinamente vencido por la experimentación. Mucho tiempo después, Pasteur mostró el mundo microscópico, inexistente para el ojo, el tacto, el olfato, el oído y el paladar humanos.
     En la era de la ciencia y de la tecnología, todo lo que era “sólido se disipa en el aire” y actualmente las investigaciones científicas derrumbaron el entendimiento de lo real, de la realidad y mostraron
que vivimos en un universo energético, mutable, y, no obstante, consolidado.

     2. La última barrera

     En 1857, Allan Kardec, con el lanzamiento de “El Libro de los Espíritus”, agitó el campo controvertido de la naturaleza del ser humano, su destino y su potencialidad, derrumbando la última barrera sensorial: la muerte.
     En 1868, once años después de publicar “El Libro de los Espíritus”, afirmó:
     “Es una revolución completa que ha de operarse en las ideas, revolución tanto mayor, tanto más poderosa, cuanto no se circunscribe a un pueblo, ni a una casta, visto que alcanza simultáneamente, por el corazón, a todas las clases, a todas las nacionalidades, a todos los cultos” ( “La Génesis”).
     Y agregó Kardec en la misma obra:
     “El simple hecho de poder el hombre comunicarse con los seres del mundo espiritual trae consecuencias incalculables de la más alta gravedad; es todo un mundo nuevo que se nos revela y que tiene tanto más importancia, cuanto a él han de volver los hombres sin excepción. El conocimiento de tal hecho no puede dejar de acarrear, generalizándose, una profunda modificación en las costumbres, en el carácter, en los hábitos, así como en las creencias que tan grande influencia ejercen sobre las relaciones sociales”.
  Como el plano extra físico es invisible a la mirada, se mantiene todavía la cultura sensorial. El instrumento para penetrar en ese plano es la mediumnidad y ella, por sus peculiaridades es extremadamente vulnerable.


     Capítulo III - El Modelo Espírita

     1. Dificultades y ambigüedades

     Al afirmar que “para cosas nuevas precisamos de palabras nuevas; así lo exige la claridad del lenguaje para evitar la confusión inherente al sentido múltiple de los mismos término” (“El Libro de los Espíritus” – Introducción) Allan Kardec pretendía proteger las ideas espíritas que lanzaba, de los vicios del lenguaje cristiano. Él sabía de la fuerza y del poder de las palabras, y el lenguaje cristiano estaba clara e perfectamente establecido en la cultura y en la mente de las personas, condicionadas por la autoridad religiosa, por el peso de la verdad revelada y reafirmada milenariamente.
     Por eso, él quería desvincular el lenguaje espírita del lenguaje católico, el cual, en esencia, contraría el sentido revolucionario del Espiritismo.
     Afirmando que el Espiritismo era “una ciencia objetiva”, él tenía la intención de crear un universo lingüístico que justificase a “revolución” que se proponía realizar. Sin embargo, a pesar de su innegable talento y determinación, su deseo de crear un nuevo lenguaje, una forma nueva de nombrar la naturaleza, la persona y el futuro, no pudo concretarse.
     No consiguió mantener un lenguaje estrictamente revolucionario del pensamiento espírita. Después de “El Libro de los Espíritus” y de “El Libro de los Médiums”, a partir de 1864, él editó una serie de libros
típicamente volcada hacia las bases de la religión católica: “El Evangelio según el Espiritismo”, “El Cielo y el Infierno o La Justicia Divina según el Espiritismo” y “La Génesis o Los Milagros y las Predicciones según el Espiritismo”.
     La argumentación es ciertamente espírita, pero el intento de dar una explicación racional a la fe, adjetivando o usando los términos católicos ayudó posteriormente a confundir las cosas... Al afirmar que
“Razón hay, pues, para que el Espiritismo sea considerado la tercera de las grandes revelaciones.” (“La Génesis”) incluyendo al Espiritismo en el supuesto cronograma de las revelaciones divinas dentro del universo cristiano, aprisionó la doctrina al lenguaje católico.
     Eso se tradujo en una mezcla de palabras y significados que, después del fracaso del Espiritismo en Europa, permitió a los místicos católicos brasileiros que empuñaran la bandera del Espiritismo, crear un
“Espiritismo a la brasilera”, básicamente una religión en el sentido usual de la palabra, defendiendo y manteniendo los símbolos y significados del catolicismo.
     “La bandera que enarbolamos bien en alto es la del Espiritismo cristiano y humanitario”, escribió Kardec en “El Libro de los Médiums”, (Capítulo XXIX). Podemos hacer muchas conjeturas acerca de cual era su intención al escribir de esa forma, pero lo que importa es que la expresión “Espiritismo cristiano” se tornó, en Brasil, la identificación misma del Espiritismo.
     Los que se adhirieron al movimiento espírita sin desvincularse de la marca católica, eligieron a Jesucristo, idealizado por la Iglesia, como el salvador, manteniendo lazos firmes con el catolicismo, aunque lo considerasen un espíritu encarnado, sujeto a la evolución, y no un dios.

     2. “El Cielo y el Infierno”
  
    Ningún libro de Allan Kardec muestra las dificultades y ambigüedades de la falta de un nuevo lenguaje y de nuevos conceptos desvinculados de la Iglesia, que “El Cielo y el Infierno”.
     Editado en 1865, con el subtítulo “La Justicia Divina según el Espiritismo” el libro aborda la propuesta del catolicismo sobre las penas futuras. En él, Allan Kardec analiza los postulados católicos, dando una
explicación espírita a los fundamentos del catolicismo sobre el futuro del alma después de la muerte, o sea, los castigos en el infierno y las recompensas en el cielo.
     En la primera parte, el autor habla de la muerte, del porvenir, del cielo, del infierno y del purgatorio según la Teología cristiana. Hace un malabarismo teórico, sin rechazar propiamente esa Teología, pero
intentando darle una explicación diferente.
     Esa postura contraría lo que él escribió en la primera línea de “El Libro de los Espíritus”: “para ideas nuevas se necesitan palabras nuevas”. Insiste en mantener los términos católicos para explicar la justicia divina, y eso se traduce en contradicciones como la que se presenta cuando afirma: “En esa inmensidad ilimitada, ¿dónde está el Cielo? En todas partes”, lo cual muestra una relación dudosa con la localización física del cielo, recorriendo un camino que lo relaciona con la antigua idea del cielo arriba y del infierno abajo y la Tierra estacionada.
     A continuación, elige los mundos superiores como una especie de cielo: “La vida en los mundos superiores ya es una recompensa (...) reina allí la verdadera fraternidad, porque no hay egoísmo; la verdadera libertad por no haber desórdenes que reprimir, ni ambiciosos que procuren oprimir a los débiles. Comparados con la Tierra esos mundos son verdaderos paraísos, como estaciones a lo largo del camino del progreso en dirección al estado definitivo”.
     Sería ese el cielo del Espiritismo, en sustitución del cielo católico. Es evidente que las motivaciones son otras, pero el lenguaje es semejante y condicionante.
     De la misma forma, afirma: “El Espiritismo no niega, pues, sino que confirma la penalidad futura. Lo que él destruye es el infierno localizado con sus hogueras y penas irremediables. No niega, igualmente, el purgatorio, puesto que prueba que en él nos hallamos....”.
     Elige el plano extra físico como el lugar donde esas penalidades serían aplicadas: “Es en el estado espiritual, sobretodo, que el Espíritu recoge los frutos del progreso realizado por el trabajo de la encarnación”.
     En definitiva, queda una pasta indiferenciada.
     ¿Que movió a Kardec a esa posición conciliatoria, procurando dar razones a la Teología, apenas creyendo que hubo una equivocación? ¿Sería todo una cuestión de palabras?
     En verdad, según el Espiritismo, no existen el cielo, el infierno ni el purgatorio.
     Remendar paño viejo con paño nuevo es incompatible, ya lo dijo Jesús de Nazaret.
     Ángel no puede ser sinónimo de Espíritu puro.
     El diablo no puede ser justificado como la condición de un Espíritu imperfecto u obsesor.
     El purgatorio no tiene sentido en la justicia divina, según el Espiritismo.

      PARTE 2 – BASES DE UN NUEVO MODELO

    Capítulo I – De las causas primarias
  
    1. Dios y la Ley Natural

     El nuevo modelo comenzará por establecer que el universo no está estructurado, sino delineado. Sería, metafóricamente tal vez, una proyección de la intención divina, inteligencia suprema e causa primaria, centro ordenador y controlador, manifestado a través de la Ley Natural.
Porque donde hay Ley existe necesariamente control.
     En este modelo no existe espacio para la personalización del Ser Supremo, ni cabe el establecimiento de atributos, que lo humanizarían, porque el paradigma disponible para pensar las virtudes es el humano. Todas las Teologías, inclusive “El Libro de los Espíritus”, se apoyan en la actuación personal, directa de Dios.
     Esas ideas vienen del entendimiento primitivo sobre a acción de la divinidad como fuerza sobrenatural, a través de los fenómenos de la naturaleza. Con el tiempo, se corporificaron en la figura de un dios o varios dioses, que en las mitologías, se multiplicaban para nombrar y justificar los segmentos naturales y controlar la vida de las personas.
     “El Libro de los Espíritus” establece el primado de la Ley Natural, que es producto de la voluntad o inteligencia divina, gobierna y controla los rumbos para la consecución de la armonía de la vida universal, tanto en el campo energético como personal.
     La existencia de la Ley Natural como centro irradiador del pensamiento divino, es fundamental para comprender como el universo puede ser simultáneamente controlador y caótico. Para argumentar sobre esa polarización, podríamos aplicar la definición del electrón que pue    de ser corpúsculo y onda, sin alterar la estabilidad universal.
     El Universo tiene una unidad esencial manifestada en la infinita variedad de los factores. Un análisis ponderado de los hechos históricos, los avances de las investigaciones de la Física y el estudio del universo en general, muestran la inequívoca sabiduría que se expresa en la consistencia de los factores, en la directriz anónima, pero evidente, tanto en el mundo energético, como en el inteligente.
     Hay, sin duda, una directriz básica, un delineamiento fundamental de los procesos del universo físico y mental, pero simultáneamente existe un espacio ilimitado para el ejercicio de factores concurrentes o
contradictorios.
     En el nivel energético, las mutaciones y formaciones, que originan la estructura móvil de las formas y de la materia.
     En el nivel inteligente, a partir del libre albedrío, que es el elemento desencadenador del conflicto y de la solución.
     Si el universo energético fluye, con sus leyes básicas, en una continua búsqueda del equilibrio, creando, destruyendo y recomponiendo los elementos que lo constituye, el universo inteligente crea una persona específica, inmortal, única, definida en sí misma, que recorre una espiral evolutiva la cual, en el nivel corporal, tiene en la reencarnación su instrumento básico.
     La Ley Natural expresa la sabiduría divina, con mecanismos extremadamente competentes, estableciendo el ritmo y la sucesión de los factores con el fin de ecuacionar, en el universo energético, tanto cuanto en el universo inteligente, el principio del equilibrio, actuando a través de la ley de causa y efecto o de acción y reacción, herramienta de búsqueda del equilibrio, a través de la reciprocidad de los factores.

     2. El nivel energético

     Todo se agita en una reciprocidad continua. La evolución está en la base de todos os procesos.
     El modelo contempla el aspecto físico y el energético sobre los cuales el ser inteligente actúa y reacciona, sometidos, uno y otro, aunque bajo formas diferenciadas, al mismo principio de orden y caos.
     Kardec propuso la existencia de dos principios que se completaban y oponían: el principio material y el principio inteligente.
     El elemento material es la plataforma sobre a cual se desenvuelven los fundamentos de la actividad universal, en tanto que el ser inteligente actúa en cooperación, como la fuerza creativa y direccional del
movimiento.
     La composición del elemento material está en constante análisis y ha cambiado constantemente, de modo que podemos llamarlo nivel energético. Filosóficamente, podemos pensar que él es el resultado de
la interacción dinámica de fuerzas que resultan en un producto híbrido, en constante reciclaje.
     Evitamos dividir al universo entre lo espiritual y lo material, ya que cada vez más se comprende la interacción positiva dinámica de los elementos. Más alla de eso, la materia dejó, hace mucho, de ser
considerada un elemento amorfo; al contrario, es el elemento dinámico que se multiplica en producciones energéticas prácticamente infinitas.
     Por eso, para clarificar el lenguaje, consideraremos el “principio espiritual” como el elemento dinámico incorporado a la materia, y el “principio inteligente” como el ser inteligente del universo.
     En ese entendimiento, el “principio espiritual” sería una forma singular de mensajero “genético”, una energía intrínseca que moviliza las estructuras de la materia en la formación de los elementos básicos de la vida. Delante de esa singularidad, podemos admitir que esa fuerza está en el interior de la materia y que de ella forma parte, pero se distingue por su plasticidad y por la extrema capacidad para conducir energía.
     Le compete energizar, fertilizar, direccionar la materia para que ella se torne capaz de sufrir la influencia de la inteligencia fuera de ella.

     3. El principio inteligente

     La definición de Espíritu, en “El Libro de los Espíritus” dice que es la “individualización del principio inteligente”. Entretanto, ese ser no es una partícula retirada de un todo indiferenciado, un reservorio de
inteligencia...
     Luego, es preciso entender que ese principio inteligente no es una alteración automática del principio espiritual, como parece suponer el dualismo espíritu-materia, sino una deliberada creación, que sigue un
camino específico, aunque apoyándose, interactuando con los organismos e principios elaborados por la unión de los flujos energéticos y espirituales.
     En la nomenclatura más actual, damos o nombre de “Principio Inteligente” al embrión del Espíritu, dotado de razón y sentimiento, fruto del proceso evolutivo.
     Los Principios Inteligentes son individualidades embrionarias que disponen de una energía íntima. Sometidos al proceso evolutivo y selectivo. Consiguen desenvolver la capacidad de trabajar los impulsos
instintivos que les son inherentes, en el camino de estructurarse como seres conscientes de sí mismos, vale decir, Espíritus. Son seres singulares, individualidades permanentes, y, aunque están intrínsecamente ligados al elemento material, no se pierden en la disolución eventual de los
elementos, ni en la disipación de la energía producida por ellos.

     4. La secuencia evolutiva del principio inteligente

     La Ley Natural establece una secuencia fundamental para la evolución de los seres: sobrevivencia, convivencia y productividad. Es por esa secuencia fundamental que los seres, en una sucesión continua y perfeccionada realizan su auto-desenvolvimiento.
    Secuencialmente, el impulso agresivo estructural del ser se transforma en voluntad, la cual le garantiza la sobrevivencia; en deseo, que permite a convivencia y la búsqueda de la felicidad, que crea una productividad capaz de propiciar el placer.
    Embrionario, el ser se somete a un largo proceso de experimentación y reciclaje, adquiriendo penosamente condiciones para determinar, paulatinamente, su proprio camino, hasta adquirir un status proprio, alcanzar el nivel intelectual y afectivo que otorga especificidad al Espíritu humano.
     Ese esquema no solamente solidifica el entendimiento evolutivo, que es la base de la teoría espírita, sino que derrumba, deshace, cualquier vínculo con la teología cristiana sobre la caída, el pecado original y el esquema punitivo del universo.

     Capitulo II - Las etapas del desenvolvimiento del Espíritu

     1. La experiencia corporal

     Es fácil entender el mecanismo de la evolución del ser inteligente.
     Creado como un ser potencial, incorpóreo, como un conjunto vacío, el ser inteligente posee una fuerza intrínseca, la agresividad básica, que instintivamente le hace buscar la sobrevivencia.
     Insertado en el universo material, con él interactúa desenvolviendo un “cuerpo mental” como apéndice de almacenamiento de las experiencias. Realiza su curva evolutiva, viviendo ligado a organismos que, en escala ascendente, le permiten el largo aprendizaje hasta alcanzar el nivel
hominal.
     La alternancia de la encarnación y desencarnación, vida y muerte, con la evolución de los organismos a los cuales se liga, posibilita al ser inteligente desenvolver su mente, fortaleciendo una construcción
recíproca entre él y los cuerpos.
     Encarnar y desencarnar, es el motor básico de la evolución del ser inteligente. La reencarnación es, pues, el instrumento básico de la evolución del Espíritu, desde las primeras manifestaciones como Principio  Inteligente.

     2. La unidad continua de la humanidad

     El descubrimiento del plano extra físico amplió el sentido de la inmortalidad e integró al ser humano a las dimensiones en que se manifiesta. La tumba es receptáculo de un organismo que se desgastó.
Con eso la inmortalidad gana un nuevo sentido y un nuevo horizonte, con la secuencia natural de la persona, más allá del fenómeno de la muerte.
     Ese reciclaje, vida y muerte, en las integraciones y disipaciones sucesivas, da al ser inteligente un campo existencial prácticamente ilimitado, en planos vibracionales o dimensiones energéticas que se
interligan e interactúan.
     La sensorialidad natural del plano corpóreo, y la plasticidad energética La sensorialidad natural del plano corpóreo, y la plasticidad energética del plano extra físico, coexisten y se entrecruzan, guardadas las peculiaridades de cada uno.
     Ese descubrimiento derrumbó las antiguas concepciones acerca de lugares de premios y castigos más allá de la tumba, y estableció la continuidad natural de la vida personal y colectiva, aunque con sus
características bastante diferentes.

     Capítulo III - El Plano Extrafísico

     1. Un retrato real
  
      Utilizamos el término “extra físico” propuesto por el Espíritu André Luiz, a través del médium Francisco Cándido Xavier, por ser más consistente con la idea de un universo energético y la realidad del estadio post-mortem.
     El descubrimiento plano extra físico mostró que a atmosfera de la Tierra comporta un hiperespacio energético que interactúa con el espacio físico.
     El plano extra físico comenzó a ser habitado una vez que el Espírito tuvo la percepción de su integridad después de la muerte del cuerpo físico. Esa percepción de la inmortalidad y de la persistencia de sí mismo, fue fruto del desenvolvimiento de su estructura mental, que le permitió mantener el pensamiento consistente e permanente, necesario para a existencia del periespiritu en el plano extra físico. Con eso el Espíritu mantiene la forma de su cuerpo físico transferida para el cuerpo periespiritual, que lo identifica en un nuevo estadio vibracional.
     En ese espacio, el Espíritu se fue instalando, creando condiciones de habitabilidad y de relacionamiento, estableciendo comunidades y permaneciendo en él por tiempo variado, mas necesariamente precario, pues es compelido por la Ley Natural, a través de la Ley de acción y reacción, a buscar niveles de satisfacción y equilibrio satisfactorios, o sea, la reencarnación.
     La muerte, como la encarnación, es un momento extremadamente desestructurante. Durante la vida corpórea el Espíritu se identifica, sinérgica y profundamente con el cuerpo y se adapta mentalmente a
las condiciones del ambiente, de la familia, del momento.
     Al ser alejado del cuerpo por la muerte, el Espíritu se ve despojado de todo ese aparato sensible e sensorial y, nuevamente, queda solo consigo mismo. Ese choque puede causar reacciones muy variadas, conforme la mente se ve delante de su realidad moral, produciendo traumas diversos.
     El periespiritu, correlacionado con el espacio hiperfísico, está constituído de elementos energéticos de gran plasticidad, expresando la realidad mental e moral del ser, que en él se estampa de modo visible
y, muchas veces, inconveniente y forzado.
     De ahí que Allan Kardec categorizó como “errante” el estado del Espíritu que allí se encuentra, considerando que la permanencia en el plano extra físico está relacionada con la necesidad de progreso individual y colectivo. En el estadio evolutivo medio de la humanidad terrena, el punto de referencia es la vida corpórea, ya que ahí elabora  progresivamente su identidad.
     Las comunicaciones de los Espíritus demuestran que el plano extra físico, de modo alguno es un local organizado, dirigido por una autoridad central, como sugieren las ideas del cielo y el infierno cristianos. Es un plano, tal como el corpóreo, abierto a las más diversas y contradictorias
manifestaciones de personas y grupos.
     Pero, como en todo el Universo, en ese aparente caos, la directriz de la Ley divina se establece, sea por la jerarquización de los Espíritus, sea por las presiones de la realidad moral e intelectual que cada uno desenvuelve y vive. Todos siguen los rumbos del producto de sí mismos.
     Es un plano caótico, semejante al de la vida corpórea. Es comprensible, pues, al final, allí desembarcan diariamente las multitudes que dejan la vida corporal con sus realidades. Y se agrupan según las simpatías, vibraciones o los sentimientos,
     La gran mayoría pareciera que permanece alienada.
     Algunos se reúnen y forman grupos y organizaciones específicas, crean y mantienen lugares bien organizados, como un oasis, islas de convivencia, que están dirigidas hacia el bien, estableciendo uniones mentales y actitudes positivas. Se ligan a los encarnados que permanecen en la misma línea de comportamiento.
     Otros forman agrupaciones dirigidas hacia el mal, con organizaciones jerárquicas y policiales específicas. Esos grupos relativamente organizados, conforme a la naturaleza de sus intenciones y deseos, por no poseer abertura para una vida fuera de los parámetros de la corporeidad, pueden establecer una red de vínculos mentales con los encarnados que permanecen en la misma faja vibratoria, en procesos vampirescos y simbióticos.
     Están, además, los “independientes”, personas y grupos aleatorios, especie de vagabundos extrafísicos que, incluso sabiéndose “muertos” no consiguen vivir fuera del ambiente corporal. La variedad parece grande. Hay los que apenas andan por ahí, sin rumbo fijo, uniéndose eventual o firmemente a tantos encarnados de la misma especie mental. Existen los que se aíslan, los que niegan la inmortalidad, los que cultivan depresiones, persiguiendo las intenciones desviadas del envolvimiento
mental deprimente, configurando el escenario general de un plano extra físico bastante conflictivo.
     Esa realidad global de la vivencia de los seres humanos, tanto en el mundo corpóreo, como en el extra-corpóreo, da una idea de la naturaleza de las relaciones entre los encarnados e desencarnados, echando por tierra, la natural inclinación de considerar a los “muertos” como portadores de sabiduría natural. Kardec dijo que los consideraba colaboradores y no reveladores predestinados. Así debe ser.
     La permanencia en el plano extra físico, como vemos, tiene colores dispares. Algunos no soportan quedar lejos del mundo corpóreo y para ellos reencarnar es una necesidad emocional. Otros, al contrario, se adaptan a la vida fuera del cuerpo somático y se resisten cuanto pueden al retorno. Hay los que demoran el regreso por dificultades que experimentan al no poder afirmarse como espíritus y a veces enloquecen.
     Aunque en una visión genérica, el Plano Extrafísicos en modo alguno sea un lugar disciplinado, hay, ciertamente, un centro coordinador, una fuente dirigente que se manifiesta siempre que sea necesario. Ese centro directivo, constituido de Espíritus elevados actúa, suplementa, buscando promover el equilibrio personal y grupal. Parece no haber una unidad definitiva, sino centros específicos y múltiples dirigidos por un gobierno objetivo y firme. Grupos e organizaciones reúnen los prosélitos de las
religiones como el catolicismo, el protestantismo, el judaísmo, el islamismo, el candombeé, la umbanda, para citar las que vienen a la memoria sin esfuerzo.
     Algunos pocos son espíritas. Eso deshace una impresión muy difundida de que al morir todos se tornan espíritas, y debería aumentar la vigilancia sobre el tenor de las comunicaciones mediúmnicas.

     Capítulo IV - Instrumento de Expresion Y Comunicacion

     1. El periespiritu

     Definido por Allan Kardec como el cuerpo fluídico inherente al Espíritu y que lo identifica en el plano extra físico, el periespiritu es un cuerpo temporal, creado por la mente de la persona y que expresa la morfología del cuerpo somático. Su composición energética es extremadamente porosa y fácilmente manipulable por la mente, presentando gran  plasticidad, razón por la cual estampa los estados mentales del Espíritu.
     Dada la naturaleza incorpórea del Espíritu él necesita de una auto identificación externa. Por eso crea ese organismo energético con el que se expresa en las relaciones extracorpóreas, sea encarnado cuando se exterioriza y, principalmente, como desencarnado.    
     Las funciones del cuerpo mental, adherido al Espíritu de forma permanente, han sido confundidas como funciones del perispíritu, un organismo temporal.
     El periespiritu se deshace durante la gestación y es recreado durante el desenvolvimiento del cuerpo, reproduciendo la morfología del soma, que es la forma concreta de su propia identificación.

     2. La mediumnidad

     La mediumnidad es el instrumento que liga los dos universos vibracionales en donde el Espíritu desenvuelve sus aptitudes.
     Fenómeno natural, la mediumnidad, no obstante, depende del intérprete; del médium. Y esa dependencia es el anillo débil del sistema. Antes de Allan Kardec fue encarada de forma aleatoria, mística, mágica, sobrenatural, con uno u otro profeta, o con médiums extraordinarios que produjeron obras, fantásticas o serias, pero sin continuidad racional.
     Gracias a Allan Kardec, que por cierto no era médium y por eso mismo pudo analizarla, normalizarla y darle una directriz, es que se dio un empleo apropiado a ese instrumento. Y gracias a la mediumnidad él obtuvo las informaciones con las cuales creó el cuerpo doctrinario del Espiritismo.
     Sin embargo, a pesar de su aprendizaje y buen sentido, él creyó que la intervención de los Espíritus, por sí misma, revolucionaría el mundo. En verdad quien lo revolucionó fue él, con su genial trabajo creador que en líneas generales delineó un nuevo tipo de pensamiento que, como dijimos, fue desvirtuado por la presión de los conceptos milenarios del cristianismo.
     Entre tanto, desde Allan Kardec, aun con el desprecio de las élites científicas y el combate del esquema religioso cristiano, el plano extra  físico no puede más ser ignorado.
     Ahora se intenta crear formas de comunicación electrónicas que puedan alcanzar la tan deseada certeza en la relación de los vivos y los muertos. Pero las directrices de “El Libro de los Médiums” son rumbos seguros para evitar los tropiezos de ese instrumento tan valioso y frágil.

     Capítulo V - De la ética y de la moral
  
     1. Consideraciones Generales
  
     Considerando la vida corpórea como el inicio de la existencia del alma y la muerte como el lugar de enjuiciamiento y definición última del futuro del alma, profetas y legisladores crearon leyes morales para
regular el comportamiento personal y colectivo. Era todavía una consecuencia de la visión sensorial de la vida.
     Para la sociedad occidental, esa visión vino de la biblia o del viejo testamento. La biblia relata, sobre todo, la perplejidad del pueblo judío ante los problemas de la vida de relación. Los profetas desenvolvieron una visión extremadamente dura de la relación entre el Creador y la criatura.
     La existencia, en la visión bíblica, es un choque interminable entre las personas y la divinidad. El poder divino se muestra en el castigo.
Jehová es retratado como el dios vengador, parcial y exclusivo del pueblo, cuyo poder en relación a los otros dioses fue varias veces probado, como también, varias veces, la ira de él se abatió sin piedad, transformando la mujer de Lot en estatua de sal o en la matanza general que aconteció en el diluvio.
     Las Iglesias tuvieron dificultades para comprender la naturaleza de los seres humanos y por eso los consideraron a priori, pecadores. Asumieron la vida corpórea como un yugo que había que soportar. Así,
pues, la salvación está más allá de la muerte.
     En el cristianismo, la base moral reposa, esencial y teóricamente, en la prédica de Jesús de Nazaret y, por eso, algunos principios son extremadamente compasivos aunque no sean ostensiblemente
practicados por la mayoría.
     Aunque Allan Kardec creyese que el cristianismo había creado una nueva versión de Dios a través del trabajo de Jesús, la verdad es que el dios cristiano es tan vengativo como el dios judío. Si el Nazareno trajo la noción de la paternidad amorosa, su misericordia y solidaridad, la realidad del concepto de justicia en la expresión cristiana, continuó intrínsecamente implacable.
     Debido a las premisas filosóficas sobre el pecado y la salvación, la sociedad cristiana estuvo siempre bajo el tacón del pecado, de la tristeza y del dolor. La Iglesia llegó hasta condenar la sonrisa, el placer, eligiendo el sufrimiento y la renuncia como patrones sublimados; las músicas sacras son lamentos, la santidad es otorgada a quien sufrió.
     El gran personaje de la trama de la caída y de la culpa es el demonio, con su capacidad infinita de seducir y apartar del camino. Larga es la puerta de la perdición.
     El ser humano es el blanco de esa visión que lo condena aquí y después. Pocos son los que se salvan, pocos los escogidos.
     Este modelo descarta totalmente la premisa de la vida humana girando en torno de la culpa y del castigo.
     En la visión evolucionista no existe lugar para el retroceso, ni para la perdición, apenas lo hay para el éxito y la ascensión.
     El universo se equilibra en una relación de reciprocidad, adecuada a cada etapa en el proceso de desenvolvimiento del Principio Inteligente.
     La Ley divina o natural, no se ocupa de juzgar o condenar. O sea, la Ley Natural no es una ley moral. Ella controla la vida universal, estableciendo una directriz positiva que sobrevive y se impone en el
aparente caos y en los límites del libre albedrío...
     El libre albedrío, esa libertad esencial, podría llevar a la anarquía incontrolable, si no estuviesen grabados en la consciencia los parámetros de la Ley, construidos en el conflicto existencial. La ética y la moral son estadios creados a partir de la racionalidad.
     La ley de causa y efecto o de acción y reacción, instrumento básico en el balanceo de las energías y las fuerzas, no es, como a veces se piensa, una ley represora, punitiva, sino más bien la ley básica del
equilibrio, y el equilibrio es la felicidad o la condición de satisfacción y compensación del ser.
     La infelicidad es la quiebra del equilibrio con la creación de estados de desconsuelo y desintegración mental.
     El interés de la preservación, o instinto de conservación, que se instala en el ser desde el inicio y la necesidad que le es inherente de participar de relaciones compensatorias con sus semejantes, son las
fuerzas propulsoras que lo mueven para la búsqueda de la armonía. El proceso evolutivo del ser inteligente es inestable por cuanto se adiestra en el nivel de imperfección natural en constante mutación generando desequilibrio. Esos parámetros intrínsecos reposan en la reciprocidad de la ley de causa y efecto. Acción y reacción constituyen el camino, a veces doloroso, de la búsqueda del equilibrio, sea internamente, sea en la relación con el otro, con el ambiente.
     En la trayectoria evolutiva del ser espiritual, los factores externos provocan repercusiones que movilizan sus potencialidades, reestructurando niveles mentales y motivaciones. Esas confrontaciones
causan dolor y sufrimientos que producen situaciones penosas e insatisfactorias.

     2. La ética

     El flujo organizador y directivo de la Ley está “inscrito en la consciencia”, esto es, en la formación de la estructura del cuerpo mental.  ¿Qué significa eso?
     La Ley no es un discurso. Es el conjunto de factores que actúan siempre procurando la manutención del equilibrio.
     Esos mecanismos de auto-respuesta, definen en la estructura del cuerpo mental del principio inteligente, la noción básica de lo que es correcto o errado. Ellos limitan o responden a las estimulaciones comportamentales o meramente reactivas del ser en la trayectoria evolutiva. Debido a la actuación automática de esas fuerzas, el Principio Inteligente es compelido a establecer esos parámetros no como forma consciente, sino como ocurrencia real en si misma, de los límites de la ley de acción y reacción.
     En la estructura de la Ley Natural están establecidos los limites que el Principio Inteligente conocerá en los conflictos de la experiencia que definen las repercusiones, la reciprocidad natural entre acción y reacción, en los campos de las relaciones se sobrevivencia. Después, en el desencadenamiento de las mutaciones, él sufrirá las consecuencias del choque de la convivencia e inscribirá en su mente, en su cuerpo mental perenne, los rigores de las respuestas...
     La “inscripción en la conciencia” de los valores de la Ley se da en la propia vivencia de los conflictos y por el deseo de preservación del ser y constituye, con el tiempo, los fundamentos de la ética, considerada como el factor que establece el enjuiciamiento de los factores para la persistencia del ser.
     La ley de causa y efecto es el principio fundamental de balanceo y reajuste constante de la ruta recorrida por el ser en el camino evolutivo. Ese juego permite la construcción y reconstrucción del equilibrio interno.
     La consecuencia será la estructuración de los valores que después serán los que formarán la “ética”, o sea, la definición básica de lo correcto y errado, del bien y del mal.
     En el nivel animal, el principio inteligente es compelido a luchar por la sobrevivencia; enfrenta la muerte, el miedo; desenvuelve la sagacidad, el oportunismo. Aprende las lecciones básicas de la convivencia grupal, una especie de solidaridad. Ahí, no existe el elemento moral. O sea, un depredador al atacar a su víctima no expide un juicio moral, puesto que al destruir a su presa satisfaciendo su necesidad él no siente culpa.
     En el período humano, la ética y la moral se expresan, inicialmente, con el surgimiento de los tabúes, de los miedos delante de los factores naturales, en los misterios del nacimiento y de la muerte, y la invocación a fuerzas sobrenaturales a los fines de la preservación personal y grupal.
     Así como las fuerzas del universo energético siguen un curso aparentemente al acaso, pero permanecen dentro del flujo orientador de la Ley, el ser inteligente también parece seguir una forma anárquica, sin limitaciones. Mientras tanto, a través de los mecanismos de la Ley instalados por la experiencia en la mente del Espíritu, el equilibrio se hace invariable, pero no inmediato.
     En la dinámica del proceso, el acaso, es decir, aquello que dentro de la visión sensorial sugiere el caos, en verdad se mueve hacia la búsqueda del equilibrio. La cuestión, en esa visión sensorial, se complica por la variable del tiempo, cronológico o sensible.
     La culpa será desarrollada en el nivel hominal. Disponiendo de la capacidad de analizar, comparar y decidir, la persona ejercerá o sufrirá la acción recíproca del acto y de la respuesta. Pero, sobre todo, descubrirá al otro. Es en ese descubrimiento y en esa relación conflictiva y al mismo tiempo esencial que ella desenvuelve el sentido moral, discrimina entre lo correcto y lo errado, entre el bien y el mal, que, por eso mismo, son relativos al grado evolutivo.
     Esa moral es establecida por la autoridad, dentro de patrones creados por las necesidades de mantener un equilibrio relativo en las relaciones humanas, dentro del círculo en que se desenvuelven y también para garantizar el poder.
     Ahí nacen las nociones sobre o poder sobrenatural, la delegación de poderes a misioneros y profetas, que actuando como legisladores establecen las nociones de la culpa y del castigo.
     Aunque esos sean elementos históricamente encontrados en las civilizaciones de todos los tiempos, constituyen una moral relativamente mutable, adaptable.
     No se puede confundir la reciprocidad de la ley de causa y efecto, con la polarización entre culpa y castigo, que en una serie infinita limitaría drásticamente el desenvolvimiento del ser inteligente, perdido en la circularidad permanente.
     Solamente esa perspectiva podrá disolver la aparente contradicción entre el libre arbitrio, como instrumento de expansión y evolución del ser inteligente y la Ley. Esto es, no existen límites morales en la Ley. Los límites no están fuera, sino más bien delineados y funcionan inevitablemente dentro del universo personal, en los mecanismos de los condicionamientos y choque de valores como el miedo, el poder y todos los demás procesos de vivencia y conflicto que el Espíritu enfrenta.
     
     4. Culpa y pecado

     Es preciso separar el entendimiento sobre la cuestión de la culpa que se produce como consecuencia de las desviaciones morales de la institución del pecado. 
     De modo general las iglesias fundamentaron la moral como una acción directa de la divinidad, dentro de escalas diferentes. Introdujeron el pecado como acto de transgresión de la ley divina, y, por lo tanto,
sujeto al juicio y al castigo, también divinos.
     El pecado original justifica el enjuiciamiento a priori de la naturaleza moral de la persona y de sus actitudes. Esa predisposición inherente al alma, crea el conflicto de las realidades de cada criatura y las exigencias de la moral.
     La moral, entretanto, no siempre en armonía con la Ley Natural, es una construcción social, teológica o comunitaria, que establece reglas, hábitos, modos de pensar y de juzgar.
     Errar es humano se dice, pero en general promueve el castigo como respuesta. Ese castigo, en la viseo dinámica, representa la necesidad de restablecer el equilibrio que la acción provocó, sea en sí mismo, sea en la relación con el otro.
     Ya el pecado, en sus diversos grados, es un acto contra Dios. Uno es el sentimiento mutable de la culpa como consecuencia de haberse infringido los valores que fueron elegidos personal o colectivamente, otro es la transgresión del mandato divino.
     El modelo de la Doctrina Kardecista rechaza totalmente esa visión, como es evidente. Porque la Ley Natural no es moral. El universo no tiene propósitos restringidos o punitivos. Aunque no haya posibilidad
de entender todos los matices de la vida, nada en la naturaleza autoriza el modelo de pecado y castigo.
     
    5. El Salvador
  
     La Teología cristiana exige la presencia de un salvador, porque la humanidad está, según ella, naturalmente condenada.
     La transferencia de la fragilidad humana hacia dioses sobrenaturales es parte de las civilizaciones. La creencia cristiana, además de Dios, designó a Jesús de Nazaret como el Salvador. Históricamente quienes buscaban un salvador, un mesías, eran los judíos. La transferencia de la cultura judaica como base de la teología cristiana trajo también el mito del mesías.
     Por eso, la Iglesia formó el embrollo de la santísima trinidad, como escape para los problemas de la divinidad, concibiendo la teoría de la unidad en la triplicidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde la figura de Jesús ocupa el lugar del hijo y del padre.
     Jesús de Nazaret, líder judío fue transformado en el mesías, o sea en Jesucristo, parte de la santísima trinidad. El principio y el fin.
     En “El Libro de los Espíritus” encontramos:
     625 – ¿Cuál es el tipo más perfecto que Dios ofreció al hombre para servirle de guía y modelo?
     Ved a Jesús.
     Allan Kardec coloca un comentario condicente con la cultura cristiana afirmando que Jesús es para el hombre el tipo de perfección moral a que puede aspirar la humanidad en la Tierra.
     Basados en esa simple expresión, los religiosos que se unieron al Espiritismo, incluyendo a los espíritus desencarnados comprometidos secularmente con la Iglesia, no percibieron que la respuesta coloca a Jesús en el nivel humano y lo retira del nivel divino. Sin embargo, la presión de los residuos cristianos en las mentes, distorsionó el rumbo de las cosas y el Nazareno fue introducido como “Nuestro Señor Jesucristo” entre los espíritas, de la misma forma como es entendido en las iglesias cristianas.
     En la visión evolucionista de este modelo, no hay lugar para un Salvador. Pero, positivamente hay lugar para las lecciones de Jesús de Nazaret. En sus lecciones Allan Kardec buscó la directriz segura para el desenvolvimiento ético y moral que el Espiritismo propone.

     Capítulo VI - Entendiendo la reencarnación

     1. Consideraciones Generales

     El entendimiento de la reencarnación está ligado a todo el espectro
vivencial del ser humano.
     Carácter, dolor, placer, desvíos morales, perversiones y santificaciones
que definen el comportamiento de las personas fueron desarrollados a
través de las vidas sucesivas y por medio de ellas, serán resueltos.


      2. La técnica reencarnatoria

     La reencarnación es un proceso natural, psíquico-físico. Ocurre automáticamente siempre que se cree un clima vibracional en consonancia con la fecundación del óvulo en el vientre materno.
     Entre tanto, según “El Libro de los Espíritus”, puede ocurrir que se produzca la gestación, sin atraer a un Espíritu: 

     356 – ¿Entre los natimortos habrá algunos que no hayan sido destinados a la encarnación de Espíritus?
     – Algunos hay, efectivamente, a cuyos cuerpos jamás ningún Espíritu estaba destinado. Nada tenía que efectuarse para ellos. Tales niños, entonces, sólo vienen por sus padres.
     a) ¿Puede llegar a término el nacimiento de un ser de esa naturaleza? Algunas veces, pero no vive.
     b) ¿Se sigue de ahí que en todo niño que vive después del nacimiento hay forzosamente encarnado en él un Espíritu?
     ¿Qué sería él, si así no aconteciese? No seria un ser humano.
     Iniciamos con esa excepción, para mostrar que el pensamiento lineal sobre la reencarnación puede ser deficiente.
     La reencarnación, en principio, es una acción natural, propia del proceso evolutivo. Sin ella, no sería posible al principio inteligente adquirir experiencia, superar etapas y, en fin, tornarse un Espíritu. Ocurre sin la necesidad de programación previa y es ejecutada sin auxilio de los Espíritus.
     La mayoría reencarna atraída por el deseo de volver a cuerpo y es imantada, digámoslo así, por el cono energético formado por la fecundación del huevo en el útero materno. Es una operación integrada, programada por la naturaleza, realizada en el plano menta yl
físico a través de la mente materna.
      La encarnación del Espíritu comprende esa operación en el plano mental y toda la maravillosa progresión de desenvolvimiento del embrión que resultará, progresivamente, en el feto y después en el niño.
      Con eso queremos dejar claro que la reencarnación por ser un hecho natural está integrada mental y corporalmente, de tal manera que el desarrollo del embrión en el útero materno es la base fundamental para desencadenarla.
      La información según la cual, el Espíritu se liga al feto en el momento exacto de la fecundación del huevo, requiere ser mejor entendida. En verdad, él comienza por vincularse a la madre, lo cual significa que, una vez que ha sido creada la condición físico-mental en el cuerpo y en la mente materna, se abre el “cono imantador” atrayendo y, en cierta forma, aprisionando el Espíritu.
      Perdiendo el periespiritu, el reencarnante se liga, por el cuerpo mental a la mente y al ambiente energético generado por la gestación en el cuerpo y por el periespiritu materno.
     Paso a paso con la gestación, el Espíritu inicia el período de perturbación prenatal, en el cual su mente entra en un proceso
restricción para adecuarse al nuevo organismo y crear una nueva personalidad. Ese “período de perturbación” comprende:
     1) Período de desestructuración – donde el reencarnante entra en confusión mental, perdiendo contacto con su personalidad actual. En ese período el periespiritu se deshace y restan, el Espíritu en sí mismo y su cuerpo mental, por el cual se liga directamente a la mente materna.
     2) Período de incorporación – cuando se realiza precisamente la reencarnación y el feto se transforma en niño.
     En rigor, el Espíritu no se liga al feto, como explica “El Libro de los Espíritus”:
     353 (...) ¿Puede considerarse que el feto posee un alma?
     –Propiamente hablando él no tiene un alma, pues la encarnación está apenas en vías de realizarse, pero está ligado al alma que debe poseer.
      En consecuencia al nacer el niño se inicia la creación del periespiritu que identificará el Espíritu en la encarnación actual.
     Se da inicio entonces al período de estructuración, cuando el reencarnante comienza a reestructurars
e mentalmente, construyendo una nueva personalidad e integrándose a la realidad ambiental en que se localiza.
     Motivaciones
     330. ¿Saben los Espíritus en qué época reencarnarán?
     -La presienten, como le sucede al ciego que se aproxima al fuego.
Saben que deben retomar un cuerpo, igual que vosotros sabéis que
deberéis morir un día, aunque se ignore cuando eso ocurrirá.
      a) ¿Entonces, la reencarnación es una necesidad de la vida espírita,
como la muerte lo es de la vida corporal?
      -Ciertamente, así es.
La naturalidad con que “El Libro de los Espíritus” trata del tema contrasta con la confusión religiosa que vincula la reencarnación a las nociones de culpa o castigo.

     En verdad, el Espíritu reencarna porque vive y no porque tiene culpa.
 

     3. La reencarnación es una verdad existencial
 

     La idea de que toda la reencarnación está perfectamente planeada parece bastante irreal. Cada Espíritu trae en sí mismo su proyecto de vida, consciente o no. Hundido en el mundo corpóreo, con él se identifica y se consolida como si nunca hubiese existido antes. Sigue enfrentando las exigencias, conflictos y experiencias que cada vida ofrece. Dentro
de esa perspectiva, usa su capacidad de pensar, de crear, de comprender y recrear, de enfrentar y resolver los conflictos.
     Incluido o excluido socialmente, integrando o no una familia, esté siendo bien organizada o no, el Espírito es él mismo, decidiendo el rumbo a tomar. Puede ser exitoso o no, adelantar pasos en la evolución o quedar estancado.
     Su mente producirá imágenes y decisiones que grabarán su camino.
     Experimentará dolor, soledad, aislamiento, amor, amistad, virtudes y errores conforme vaya haciendo uso de su libre albedrío en el medio ambiente en que practica. Tendrá un cuerpo sano o enfermo; mantendrá la salud del cuerpo o la arruinará por los vicios o el mal empleo; tendrá o no capacidad para el raciocinio; aprenderá con mayor o menor facilidad. 

     Crecerá o se paralizará sin estar motivado para superar los desafíos creados por la vivencia. No estará solo, pero dependerá esencialmente de sí mismo. O sea, en rigor, la reencarnación es una aventura existencial que envuelve, desde el primer momento, al reencarnante, a su madre, a su padre y después a todos los que participan en el ambiente social en que se aloja.
     
     4. La reencarnación planeada

     Dentro de ese aparente caos, cada Espíritu puede efectuar una planificación previa. Pero eso es posible apenas cuando ha alcanzado un estadio de reciprocidad y se ligó a Espíritus con conocimiento y superioridad, capaces de orientar, saber e influir en el proceso
reencarnatorio.
     Hay reencarnaciones planeadas para el desenvolvimiento social. En ese caso, los espíritus serán orientados o direccionados para que alcancen determinado objetivo, sujetos todavía, al libre albedrío.
     Digamos que el sistema se organizará para ofrecerle condiciones que le permitan alcanzar el objetivo trazado. Para eso existen fuerzas y Espíritus capaces.
     En ese caso, establecen lineamientos previos y pueden recibir la compañía de Espíritus evolucionados.
     El término delinear es bien claro: significa esbozo, líneas generales, marcos principales y no una planificación estricta o un mapa detallado. Es una combinación del reencarnante con el grupo al que se afilia y el libre albedrío. Esto se dice en “El Libro de los Espíritus”:
     859ª - No creas, por lo tanto, que todo lo que sucede estaba escrito, como acostumbran decir… Solamente los grandes dolores, los hechos importantes y capaces de influir en lo moral son previstos por Dios, porque son útiles a tu depuración y a tu instrucción.


     5. La escogencia de las pruebas

 

     En el imaginario espírita, el sufrimiento, el dolor y las condiciones sociales del ser humano son, casi siempre, la consecuencia de los errores del pasado. Creen que muchos escogen pruebas difíciles con el objeto de apresurar el pago de sus deudas con la divinidad o consigo mismo.
     Esa idea se transformó en una regla según la cual, antes de encarnar, el Espíritu establece las dificultades, los problemas, las pruebas y expiaciones que serían necesarias para resarcir “culpas del pasado”. De este modo, la vida corpórea del Espíritu fue clasificada básicamente como una oportunidad de sufrir para regenerar y crecer moralmente.
     El siguiente trecho de un artículo publicado en un periódico espírita especifica lo que se piensa generalmente: “La reencarnación es oportunidad, es retorno al campo de luchas materiales y busca, antes que todo, liquidar o disminuir deudas contraídas en experiencias
anteriores o, también, abonar créditos para la vida futura”. Así, escoger pruebas, cuando eso acontece, es un plan de intenciones.


     Capítulo VII - El dolor y la búsqueda del equilibrio
 

     En la visión bíblica, la vida terrena es única, corta, breve y por eso, debe ser agilizada para resolver el enigma del futuro. En los medios espíritas más religiosos, se entiende que la vida corpórea es casi una tragedia, puesto que cercena la libertad del Espíritu y ve en ella un “rosario de dolores”, un hospital, un calvario. Son muchos los que consideran la vida en la Tierra como una etapa que deberá ser atravesada con sacrificios, dolores, sufrimientos, para no volver a vivir aquí, en las próximas reencarnaciones. Siguen esta recomendación: “Haz todo para que no tengas que volver a esta Tierra”.
     Sin embargo, a la luz de un nuevo entendimiento, la vida corpórea es un componente natural, deseado y necesario para la evolución del Espíritu.
     La valoración de la vida corpórea es la consecuencia de haberse
entendido el gran movimiento evolutivo en que todos están envueltos y que, en última instancia, es producto de la propia persona. En términos puramente intelectuales podríamos decir que la vida corpórea fluye como una contingencia natural, independiente del valor moral del
reencarnante.

    
Pero la vida es un flujo energético, valorizado por la emoción, por el sentimiento. De ahí que no haya posibilidad de desvincularla de la naturaleza afectiva de las personas. Por eso, la reencarnación, como flujo natural del proceso de búsqueda del equilibrio, traza la realidad
intelectual y moral del Espíritu, su bien y su mal, sus conquistas y deficiencias. Tal es el panorama caótico de la sociedad humana. 
     Pero es poco inteligente circunscribirla a las nociones de prueba y expiación, o sea, de sufrimiento y reparación de errores. 
     En la progresión de la vida corpórea o incorpórea, el sufrimiento y el dolor son componentes inherentes a la imperfección de las personas. 
     Si hay el dolor-crecimiento, a consecuencia de las mutaciones evolutivas que producen perturbaciones vivenciales en virtud de la sustitución de parámetros consolidados por nuevas perspectivas, igualmente existe el dolor-respuesta proveniente de los conflictos
internos, de la culpabilidad y de las relaciones con compañeros que afectan el equilibrio emocional y físico.
     La reencarnación no puede ser concebida como una medida autopunitiva o una acción punitiva de la divinidad.
     En el modelo bíblico, el ser humano, moldeado con una marca de innata culpabilidad o corrupción, merece ser corregido para que sea salvado del infierno. Para eso es sometido a la autoridad divina, personal e inmediata, ya que todo el proceso debe ser completado entre el nacimiento y la muerte. Entonces, solamente la privación de sentimientos, deseos y aspiraciones, a través de la renuncia, puede ofrecer un futuro feliz post-mortem, porque la vida corpórea sería el inicio y el fin de la experiencia sensible de la criatura.
     Sin embargo, a la luz de una visión dinámica concebimos la vida humana como un continuum existencial, a través de la vivencia en el plano extrafísicos y en el plano corpóreo, intermitentemente. Eso explica la realidad evolutiva de las personas, en segmentos reencarnatorios. La persona humana posee una biografía atemporal, en la que experimenta una extraordinaria aventura con errores y aciertos, perm
anentemente inquietante e inquieta, sin correlación estricta con el tiempo, pero desenvolviéndose en su propio tiempo.
     La ausencia de esa visión conduce a una interpretación restringida y limitada. Esa concepción orienta todo el modo de vida, la educación, la emoción de las personas, en dirección a la muerte. Así pues, en esa visión sensorial, la muerte es la certeza real. Todo ello contrasta con este modelo de ascensión y libertad que estamos presentando.


     Capítulo VIII - El objetivo de la vida

     En la visión cristiana, el ser humano es un cuerpo con un alma, creada por Dios, cuando un niño es generado en el útero materno. Sensorialmente, nacemos, vivimos y morimos. El alma, no obstante, es inmortal y después de la muerte su destino es la inexorable y eterna
pasividad contemplativa arder en las llamas infernales.
     Bajo el punto de vista biológico, el ser humano es un cuerpo dotado de un cerebro que lo identifica y está destinado a la muerte.
     El nuevo modelo identifica al ser humano, prioritariamente, como un Espíritu inmortal, evolucionando a través de sucesivas encarnaciones. Reconociéndose la fundamental importancia de la vida corpórea para el Espíritu, es, sin embargo, un segmento de la vida, en su expresión imperecedera, progresiva y dinámica.
     Mientras que la teología señala una inmortalidad pasiva, definitivamente determinada, el nuevo modelo muestra la inmortalidad dinámica, armoniosa, satisfactoria, esperanzadora o sufridora, conflictiva, caótica, pero gloriosamente capaz de dar al ser inteligente la continuidad de sí mismo, atemporalmente.
     Tal modelo aclara, abre perspectivas, para explicar el porqué de la vida.
     ¿Por qué vivimos, al final? Esa cuestión se basa, sobre todo, en la perspectiva de un fin, de una meta a ser alcanzada, pero no existe una meta u objetivo final para el ser inteligente. La vida permanente, inmortal, es la propia razón de vivir.
     Si el Espíritu es inmortal, vivir es su destino.
     Todo el esquema evolutivo consiste en hacer esa continuidad existencial lo más feliz y productiva posible. Formamos parte del conjunto vibrátil, y en ciertos aspectos, misterioso del universo.
     Sabemos que vivir significa la construcción del carácter y de la personalidad saludable, equilibrada, con interacción e integración gradualmente compensatoria consigo y con los otros. Hay un dinamismo continuo, un reciclaje permanente, apuntando siempre hacia un horizonte mejor.
     Significa pleno desenvolvimiento de sí mismo, alcanzando la sabiduría para la  aprehensión de los fundamentos universales y liberando el potencial afectivo a niveles positivamente productivos y recíprocos en la relación con los otros y con el medio ambiente, que son las bases de la felicidad.
     El objetivo de la vida, para el Espíritu es la plena felicidad.
     Si decimos que todo se armoniza en el universo y que el ser inteligente participa de esa armonía como pieza fundamental y que dispone de oportunidad y capacidad para evolucionar de “simple e ignorante” hacia las más altas posiciones de inteligencia, ética, moral y conocimiento, cuyo objetivo es la felicidad, la plenitud, tal vez tengamos la respuesta posible para el objetivo de la vida.
     O sea, la vida ofrece al ser inteligente la oportunidad de ser feliz. La felicidad del ser inteligente es la única forma de comprender los mecanismos de la vida universal.
     Podemos pensar que la creación del ser Inteligente obedece a la planificación de la vida universal. A pesar de los esfuerzos de la ciencia, tanto como de la religión, en circunscribir la vida al cerebro físico, todavía en la visión sensorial que considera al hombre un ser para la muerte, la experiencia indica que la pretensión de explicar el comportamiento humano mediante una constitución exclusivamente cerebral, no resiste ante el cuadro de desigualdad y diversidad de reacciones humanas, las cuales si se debieran solamente a la acción cerebral deberían repetirse indefinidamente.
     La individualidad y la personalidad de los seres humanos permiten comprender la naturaleza inteligente, inmortal del Espíritu.


FIN

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